EDITORIAL

¡Abra las orejas, señor presidente!

 

Enhorabuena, señor presidente del Gobierno, y ánimo: son muchos los retos que le aguardan. La música alivia las fatigas, así que  esperamos que le acompañe. No ocurrió con otros gobernantes más cercanos a Euterpe, ya fuera por afición o familiaridad. Los poderosos tienen la costumbre de reducir la música al espacio privado o de utilizarla como instrumento de manipulación. Y hacen lo mismo con la educación, que apenas ha sido mencionada en los debates electorales. La educación es un asunto que duele cada día más y en la calle lo estamos viendo. Expertos hay que indican que la educación se debe reforzar en tiempos de crisis para mejorar, a falta de otro más tangible, nuestro “capital” humano. Son argumentos que escuchan y practican pueblos lejanos y prósperos, pero que parecen extraños en nuestra patria, donde la educación y la música sobreviven con desigual fortuna en cada uno de sus múltiples territorios.

Para ser justos, hemos de reconocer que la educación musical ha avanzado significativamente en los últimos decenios; claro que lo ha hecho mucho menos que las riquezas acumuladas por las grandes corporaciones financieras y empresariales. Tras aquellos espectaculares avances estamos sufriendo retrocesos y esa dinámica nos abate. Resulta descorazonador comprobar que el trabajo de los educadores musicales no recibe el apoyo moral y material que merece. Estamos comprobando cómo los recortes impuestos por los especuladores no han tardado en hacer mella en la educación musical: se restan horas, profesorado, centros, orquestas, bandas… apelando a otros intereses superiores que dictan los “mercados”. La educación musical se está enfrentando en todos los niveles, desde la escuela a la universidad, tanto en el sistema formal como no reglado, a grandes desafíos. No es ajena al debate sobre nuestro modelo social y económico. La crisis cuestiona nuestros principios y valores, nos hace interrogarnos sobre nuestras prioridades. ¿Qué nos preocupa más: el bienestar general o los beneficios económicos? ¿La cultura o el dinero? ¿La música o el índice bursátil? ¿Es inevitable la subordinación a los mercados?

En las reflexiones que anima este nuevo escenario podemos aportar muchos argumentos desde el terreno académico. Los educadores hemos acumulado una experiencia y una sabiduría que deberían ser escuchadas y tenidas en cuenta. Sabemos que la educación musical es buena y necesaria. Renunciar a ella supone un grave paso atrás. La enseñanza ha de ser la formación total del ser humano y, sin embargo, muchas veces prevalece la preocupación por la memoria, la erudición e incluso el entendimiento por encima de la sensibilidad; y eso no es cultura. La cultura se alcanza mediante un desarrollo equilibrado de las tres fuerzas del perfil humano: La que mueve a la inteligencia hacia la Verdad, la que mueve a la voluntad hacia el rumbo del Bien y la que mueve a la sensibilidad hacia el alcance de la Belleza. Aquí está el puesto imprescindible de la música... Confiamos en recuperar la senda de la sensatez, apostando decididamente por una educación pública que no se olvide de las artes ni de la música. Abrir los oídos y escuchar “activamente” a las gentes y a la música no es un capricho, señor presidente. Es cuestión de supervivencia y, por eso, le hacemos la petición que encabeza este texto. ¡Suerte!
 

Suscripción