EDITORIAL
Estropicio musical
La música se incorporó a la enseñanza general a finales del siglo XX, hace apenas tres décadas. Fue una revolución callada que con los años transcurridos valoramos más, al margen de las pequeñas insatisfacciones que produjo entre quienes aspirábamos a ir más lejos. Los pioneros, miembros de aquellas primeras generaciones de profesores de música de bachillerato, se están jubilando poco a poco, pero tras ellos se convocaron otras muchas oposiciones para atender las necesidades de aquel gran movimiento educativo. Por eso, los correspondientes cuerpos docentes son aún jóvenes y entusiastas. Los profesores de música desempeñan una profesión, pero también desarrollan una militancia. Enseñar música en España es trabajar en una permanente reivindicación que implica a sus protagonistas mucho más que la docencia en otros campos. Gracias a la entrega de esta filarmónica hermandad, la música ha ido conquistado en la educación el lugar que merece. Por desgracia, los recortes económicos están suponiendo la eliminación de varios miles de profesores que durante estos años dedicaron sus vidas a la noble causa de formarse y de enseñar música. La reforma educativa emprendida amenaza con empeorar la situación al excluir la música de los contenidos básicos de las enseñanzas generales (primaria, secundaria y bachillerato), acrecentando la tragedia personal de tan entregado colectivo profesional. Estas medidas, injustas y perversas, despiertan rabia. Son medidas injustas porque provienen de los abusos financieros impunemente cometidos por la oligarquía económica y porque acentúan las diferencias sociales. La educación musical volverá a ser un factor de distinción social de las familias más acomodadas que puedan pagarla para garantizar a sus hijos una educación completa. Son medidas perversas porque quebrantan, sin reconocerlo, el modelo educativo que Europa ha ido construyendo a lo largo del último medio siglo y que apostaba por la formación integral de las personas, por la formación de ciudadanos libres, felices y creativos. Sin música, arte, humanidades, creatividad, sentido crítico, solidaridad y cooperación, el sistema modelará súbditos individualistas, competidores, sumisos, obedientes y resignados, contradiciendo sus propias intenciones, como manda la debida corrección política.
Las oligarquías intuyen en el horizonte la amenaza de una sublevación potencial contra sus iniquidades y pretenden utilizar la educación como muro de contención. Pero será difícil poner fronteras a la rabia, al pensamiento y al progreso. Tras la publicación de esta Ley, disfrazada de “mejora” y “calidad”, el día 10 de diciembre de 2013, el Ministerio se apresura a confeccionar largas listas de contenidos básicos sin música. El proceso continúa precipitadamente, sin contar con respaldo social. Es previsible que muchas comunidades autónomas se resistan a proseguir la senda marcada. Confiamos en que subsanen en parte el estropicio, recuperando y garantizando la presencia de la música en el sistema educativo. Ojalá se pongan de acuerdo para que no quede ningún territorio sumido en el silencio provocado por su ausencia. No se trata únicamente de la música: ella solo es el testigo fiel, la señal de alarma de otros daños internos mucho más profundos, que afectan al modelo educativo que queremos. Los principios de la música y los fundamentos del estado guardan muy estrechas y arcanas conexiones.